Sobre hacer mucho con poco / Fideos “Alla Amulicatta”

“Amo las limitaciones porque son la causa de la inspiración”

~ Susan Sontag

♪♫ Out Of The Blue – Roxy Music

Muchos grandes aciertos en la cocina provienen de desaciertos. Desaciertos, accidentes, errores. La tarta Tatin proviene de un error. El vino, el pan, el queso, provienen de errores. Alguien se olvidó algo al fuego, algo se echó a perder. Y un valiente se animó a probarlo. O a servírselo a alguien.

Del mismo modo, muchas de las recetas más entrañables, sobre todo muchas de las que trajeron consigo nuestros padres y abuelos inmigrantes, tienen un origen humilde. Algún ingrediente que crecía en cantidad, algo que era más asequible, algo que se debía hacer rendir, para que alcance para todos.

Es el caso de la receta de hoy, los fideos de mi bisabuela. Fideos “Alla Amulicatta”, escribo por fonética, la verdad es que lo escribí de todas las formas posibles en el buscador y no pude rastrear nada de esta receta.

Pongo el agua al fuego. Tengo unos spaghetti italianos que compré en el supermercado, la abuela Bettina amasaba los fideos ella, pero esa va a ser la primera licencia que me voy a tomar, al menos esta vez.

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Tengo aceitunas verdes y negras y también alcaparras. Esta es la versión mía ¡versión vegetariana! La receta original lleva anchoas, una por persona, más que eso no había. Y no es recomendable tampoco, a no ser que quieran levantarse muchas veces a tomar agua de noche. Deshueso las aceitunas aplastándolas contra la tabla con una cuchilla, mientras mi mamá juega en el piso con mi hijo. Le pregunto si las aceitunas iban enteras o cortadas. ¡Picadas bien chiquititas, para que rindan más!

 

En una sartén pongo a calentar el aceite de oliva y en él dos dientes de ajo y unas ramitas de romero cortadas del jardín. Le cuento a mi mamá de este artículo que quiero escribir para el blog. “Quiero hablar sobre esto, sobre las grandes cosas que surgen a veces de las limitaciones, como esta receta”. Como cocinaba la abuela Bettina, mi bisabuela, que con poco alimentaba a tantos. Una habilidad aprendida a fuerza de pasar hambre. Aquellos días (en ¿Catanzaro? ¿o era Vibo Valentia?) cuando juntaba con sus hermanos nieve del jardín y exprimía sobre ella una naranja, como única cena antes de dormir.

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Un siglo después, echo el pan rallado sobre el aceite caliente y lo remuevo con una cuchara de madera. La casa se inunda del olor del pan tostado, el ajo y el romero. Olor a infancia ¡a cuando no había ganas de cocinar! Olor al primer departamento que alquilé para vivir sola. Cuando llegaba molida y necesitaba realmente que la comida me abrace. Un monoambiente en Palermo que era sala de estar, dormitorio y también estudio fotográfico, improvisado con unas luces económicas en algún rincón. Seguramente teniendo que correr algo para hacer lugar.

La falta de recursos fuerza la creatividad. Y este tema me hace pensar en uno de mis escritores favoritos, Samuel Beckett. Que era irlandés pero decidió escribir en francés, que apenas dominaba. Según él, para “empobrecerse”, para “escribir sin estilo”. Y de ahí surgió su obra más célebre, una de las creaciones más geniales del teatro moderno: Esperando A Godot. Escrita con las pocas palabras que sabía, para decir mucho con poco.

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Remuevo el pan rallado en el aceite hasta que se forma como una arena mojada. Sobre este sofrito echo las aceitunas y las alcaparras. Quien guste de las anchoas echará las anchoas. En ese caso es preciso no añadir sal al agua de la pasta o añadir muy poca. También, al colar los fideos, no desechar el agua por completo. Es mejor que queden más bien húmedos. No mojados, sino hidratados. Luego les echo un chorro de aceite de oliva para que no se peguen.

Hagan la prueba y cuando no sepan cómo mejorar algo quítenle una parte. Limiten, simplifiquen, minimalicen. Esto es solo una idea, no tiene por qué ser siempre así ni ser ésta la clave del éxito. Traten de arreglarse con lo que tienen y ver cómo combinarlo de una forma nueva. Pienso en esto en el ámbito de la cocina y también del arte de cada uno, sea cual sea. Pintar con una paleta limitada, componer una canción con escasos acordes. La música de ahora está llena de ejemplos de esto, pero me refiero a llevarlo a un nivel superior. Pensar una película entera en un solo decorado y dos o tres personajes, por ejemplo. Quitar algo es también agregar conflicto. Pero si la combinación es criteriosa el resultado será una armonía en la que no falta nada.

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Sirvo los fideos y echo por encima el pan rallado con las cositas que le quise poner. Pimienta recién molida y gotas de oliva para terminar. Mi marido se acerca a la mesa mientras saco la última foto (son sus fideos favoritos y fue su idea que los comparta en este blog). Un italiano de pura cepa, o mi bisabuela en su humilde y amorosa mesura, diría que no lleva queso rallado. Pero pienso que es de esas cosas que no se pueden cuantificar, la medida de queso rallado es la de los propios sueños.

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Mientras tanto, ahora mismo, en alguna parte de mundo, alguien estrena Esperando A Godot. Cocinen con poco y busquen, para lo de todos los días, una nueva aplicación. Algo inesperado. Hagan esta receta que lleva diez minutos, con lo que hay en la alacena. Los fideos de siempre pero con el pan rallado crujiente y aromático, los va a sorprender. Cuando lleguen a casa y necesiten que la comida los abrace.

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